lunes, 11 de octubre de 2010

ANVIL


Anvil no ha sido un grupo con suerte. Tocaron el cielo en 1984 tocando ante miles de japoneses compartiendo cartel con Whitesnake, Scorpions o Bon Jovi, e influenciaron por lo que se ve a algunos músicos ilustres del rock – metal, pero no llegaron a apuntalar este éxito, y como otras bandas de la época (y de la época que sea, no todos pueden llegar a la gloria) se quedaron en un grupo que se ha dedicado a vivir el día a día como cualquiera de nosotros.
Currantes, con familia, pero manteniendo el grupo como el motivo principal de sus vidas.
“Anvil “ nos muestra la historia reciente de la banda canadiense, como Lips (guitarra y voz) y Rob (con sus 50 añazos) siguen tocando y manteniendo al grupo pese a que el entorno no es el más favorable. Se han quedado en una banda de ámbito local, que toca arropado por sus fans más acérrimos (impagables los dos energúmenos que nos muestran como sus mayores seguidores), que debe lidiar con el hecho que ya no son lo que fueron o podían haber sido, y que se tienen que enfrentar a giras en unas condiciones ciertamente paupérrimas.
Aún así, siguen con una fe irrompible, fruto de la tremenda amistad que les une y del convencimiento en que son una banda que todavía puede ofrecer mucho al heavy.
Y por ello, Sasha Gervasi, director de cine y fan declarado de la banda (incluso trabajó con ellos de roadie), decide grabarles este documental, para intentar de nuevo ponerlos en el mapa.
Y vaya que lo consigue, al menos desde el punto de los sentimientos. No voy a decir que vaya a comprarme sus discos, o que si se acercan a Granada por ejemplo vaya a ir a verlos, pero se han ganado un hueco en mi corazoncito.
Y es que es imposible que no te caigan bien, porque son dos heavies a la vieja usanza con una base de garrulismo pero con un carisma que reflejan en todo momento en la cinta, dejando frases para el recuerdo y recordándonos a más de uno lo que debe de ser la confianza en lo que crees.
Personalmente no creo que tengan mucho que aportar a la escena metálica. Es más, creo que si no llegaron más lejos es porque seguramente no valían tanto como para ello, pero qué demonios, cualquier tipo de 50 años que todavía tenga ganas de rockear encima de un escenario, tiene mi respeto y admiración.
Hay momentos especialmente grandes, como su actuación en Escandinavia, donde se codean con vacas sagradas del rock, su fallida gira europea, o el reencuentro con el público nipón.
Y momentos muy emotivos, sobre todo los relacionados con la familia, y lo que han tenido que tragar.

Y es imposible no acordarte de otro rockumentary reciente.
Obviamente las comparaciones con Some Kind of Monster (Metallica) son inevitables, pero mientras la que nos ocupa parece mostrar gente real que solo espera un pequeño golpe de suerte que por empeño y dedicación seguramente se merecen, la de los de San Francisco se queda en una especie de ejercicio de desnudar egos en detrimento de ellos.
¿Cual de las dos apuestas es más valiente? Tal vez la de Metallica, porque básicamente no salen bien parados. Desnudarte, más aún cuando eres de las personas menos queridas del rock (Ulrich) conlleva un linchamiento público no carente de lógica. Coño, deja de lloriquear porque no sabes qué hacer con tanto dinero!
Ese es el único punto que me deja un poco frío de Anvil, la sospecha de cierta intención de provocar no pena, sino una empatía lastimosa hacia los canadienses. De cierto regodeo que puede causar un efecto de simpatía inmediata hacia los autores de Metal o n Metal.
Eso sí, lo consiguen, desde luego. Las lagrimillas en los ojos cuando salen al escenario japonés, o la indignación que sientes cuando ves que no les van a pagar por el concierto al que llegan tarde, son muy reales.
Así como las ganas con la que directamente me leí el artículo de Anvil del Popular 1 de hace un año aproximadamente.
Desde luego, el efecto se ha conseguido, por lo que medianamente he visto. El grupo tiene mejores conciertos y tal vez estén viviendo una segunda juventud.
Nada más por eso no puedo más que alegrarme, porque estos tipos son grandes, sobre todo Lips, que es todo un personaje. Verlo defendiendo a capa y espada la fe en el metal disipa las dudas acerca de la intención de la grabación.

Plenamente aconsejable, independientemente que te guste el heavy o no. Este mismo documental se podría haber rodado con unos Adam & the Ants, por ejemplo, o bien dentro de unos 25 años con unos Kaiser Chiefs o unos Strokes. Pero claro, para ello hay que tener un amor por la música y una fe en ti mismo que creo que en determinados géneros musicales no se da, más cuando la preocupación por la estética y lo cool prevalece sobre el trabajo y la fidelidad a uno mismo.